Barcelona

Ayer hablé de la mini-Odisea que viví en mi viaje a Barcelona el pasado sábado. Todo eran cosas horribles y negativas, mi idea original era hablar tanto de eso como de la estancia, pero se alargó la cosa, lo que me pasa siempre que empiezo a criticar. Hoy sólo tengo una queja: mis queridos compañeros de Workether se han ido a Ikea y me han dejado en tierra. Tres hombres en Ikea, menudo desastre.

Me pongo al tema: Barcelona. Sólo había estado allí una vez, dos horas. Mi instituto creyó divertido hacernos volver en Ferry desde Roma hasta Barcelona, pasearnos por la ciudad durante dos horas y luego meternos en un bus dirección Asturias durante unas nada despreciables 10 horas. Claramente, tras 10 días de fiesta dionisíaca en Italia y 48 horas sin poder ducharme, poco me fijé en Barcelona, me fui a Starbucks, pedí un Frappuccino e ignoré cualquier tipo de explicación. Cosas que uno hace con 16 años.

Pero esta vez fue diferente. Es cierto que fui tras 10 días de fiesta dionisíaca por culpa de Fallas, pero sí que me había duchado, la vida es mucho más fácil tras una buena partida de cartas ducha. Llegué a Barcelona Sants tras mil millones de 6 horas de viaje, donde mi amigo Ángel estaba ya esperando (como para no estarlo con las 3 horas de retraso que llevaba el tren), cogimos los metros y me instalé.

La primera noche fue muy pero que muy bien: Ángel y yo celebramos su vigésimo séptimo (pa tu chiquillo) cumpleaños cenando en un restaurante japonés muy japonés, tan japonés que los cocineros eran japoneses y no chinos. Tenían “fritura de chanquete”, lo cual explica muchas cosas, no quiero que esto se difunda mucho, porque el hecho de que los japoneses hayan matado a Chanquete y ahora lo estén sirviendo frito podría causar un conflicto internacional bastante serio. No se me pudo pedir ver peli después porque en cuanto toqué superficie horizontal entré en fase REM.

Ahora empezaré con el domingo, día que bautizaré como “Día Barcelona”. El tiempo no es como el de Valencia, pero no me pude quejar, literalmente, estaba demasiado agotada como para quejarme. Hice un poco de turisteo con Ángel como guía, comí en un restaurante chino en el que comían chinos (no existe mejor sello de garantía) e hice compra para cocinar mi plato estrella más tarde.

Desayuno de campeones: tarta de cumpleaños ajeno

Desayuno de campeones: tarta de cumpleaños ajeno

LA TARDE FUE GUAY. Conocí a gente con la que llevo años y paños hablando: Irene, Iñaki, Will y Carlos. Muy buena gente todos ellos. Claramente fuimos a Starbucks, muy típico barcelonés. Pedí la bebida típica de Barcelona: el Cappuccino. Llovía, llovía bastante, lo cual hizo empeorar mi vergonzante y ya bastante patético estado de salud. Cuando llegué a casa, me tumbé y morí durante dos horas. Pero yo soy así, en realidad lo hice a propósito para poder realizar mi actividad preferida: cocinar pasta a las 12 de la noche.

Con Carlos y Will

Con Carlos y Will

En resumen, fue un viaje en el que he desvirtualizado (que no desvirtuado ni desvirgado) a gente a la que conocía sólo por Twitter, podrían haber sido peligrosos psicópatas y no haber vuelto del viaje de una pieza, pero creo que Dios ya se cebó bastante conmigo en el viaje de ida. Así que termino agradeciendoos a todos haberme enseñado vuestra ciudad y os amenazo con volver pronto (que también estáis vosotros invitados aquí, no os penséis).

Mi próximo post será lleno de odio y rencor, lo prometo, algo muy feminazi.

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