Objetivos

Hola a todos, sé que llevo eones sin escribir; pero es difícil cuando hay una mudanza un cambio radical de vida de por medio. El caso es que, tras casi un mes de inactividad, he abierto esto. No para contaros qué hago o dejo de hacer, sino para comunicaros que sigo viva y prentendo seguir escribiendo.

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Lo veo desde mi ventana, no así de guay, pero menos da una piedra

¿Sobre qué? Sobre temas tan aleatorios como hasta ahora. Hoy, por ejemplo, voy a hablar de lo relativo que es todo. De las perspectivas, las opiniones y los puntos de vista.

Y empezaré con un ejemplo de lo más representativo: Adolescencia Vs. Juventud. Vamos a partir de la base de que soy joven, aunque en ocasiones me sienta un poco vieja a la tierna edad de 21 años. Pero de los 17 a los 21 (22 en tres semanas) todo cambia un buen cacho. Antes se me caía el mundo encima si me mandaban fregar un plato, ahora se me cae el mundo encima me muero del asco si no lo dejo todo fregado antes de acostarme o, a mucho tardar, antes de salir hacia el trabajo por la mañana. Antes me tomaba los consejos como auténticos desafíos; mientras que ahora me los tomo como lo que son: consejos. En la adolescencia un rechazo parecía el fin del mundo; ahora simplemente es un “él/ella se lo pierde”.

¿Es esto bueno? Pues veréis, hay cuatro respuestas a esta pregunta, una por cada etapa vital:

  • Adolescente: Déjame en paz, haré lo que me dé la gana. ME QUIERO MORIR, EL YONNI ME HA DEJADO. MAMÁ, YA FREGUÉ HACE DOS SEMANAS.
  • Joven: Echo de menos vivir las cosas con tanta intensidad. Uy, un poco de polvo, qué asco.
  • Adulto: Menos mal que mi hijo ha dejado de ser un gilipollas. ¡HIJO, TE TOCA BARRER LA COCINA!

Y está el punto de vista de los ancianos, que son como los adolescentes pero sin fuerza física; de modo que se les cae el mundo encima porque quieren quejarse con vehemencia; pero no pueden arriesgarse, porque si se pasan lo más mínimo, sus adultos hijos los mandarán a una residencia.

La vida es muy perra y la naturaleza muy sabia. Cuando nos podemos quejar con vigor, no tenemos ningún poder de decisión. Cuando empezamos a poder quejarnos con vigor y que sirva de algo, ya nos hemos cansado de intentarlo. Llega un momento en el que la existencia nos ha amargado tanto, que sólo nos dedicamos a asfixiar a los que se quejan con vigor. Y, por último, cuando hemos amargado lo suficiente a nuestros hijos y volvemos a sentir ganas de protestar por todo, no podemos hacerlo, porque hemos amargado tanto a nuestra descendencia que su sed de venganza es demasiado grande.

Y ojalá esto sólo se aplicara al campo de la familia. Se aplica a todo. Por eso los jóvenes revolucionarios de ayer son los funcionarios de hoy. Al igual que los jóvenes revolucionarios de hoy se pondrán traje el día de mañana. Nos agotan, nos absorben las ganas de vivir hasta que entramos por cualquier aro. Luchamos por poder luchar hasta que lo conseguimos y, para entonces, ya hemos olvidado lo que estábamos intentando cambiar.

Tras esta reflexión de quinceañera, me voy a recoger la cocina y a poner una colada. Fuck it.

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