Sé independiente decían, it will be fun

Hola a todos. Otra vez más, y contra todo pronóstico, escribo dos posts con menos de un mes de diferencia. Sobre qué, aún no lo sé; tengo tiempo para pensarlo mientras os cuento un poco mi vida.

Lo más remarcable (si es que esa palabra existe en castellano) es que mi móvil sufrió un trágico accidente. Se cayó de una estantería, él solo. Bueno no, lo tiró mi madre, sí, estando a mil kilómetros distancia. Shit happens. Me sirvió para dar más peso a la teoría de que a veces el universo se alía de modos insospechados para… bueno, jodernos. Pero como ya dije en otro post hace mucho tiempo: Todo pasa por algo, y la terrible desgracia me dio un iPhone 5. Aunque un gran teléfono conlleva una gran responsabilidad; ahora vivo en alerta permanente y presa del pánico, comprobando que no me lo han robado aproximadamente cada dos minutos.

Gran teléfono, gran responsabilidad

Mi cara de “buf… y ahora que no me roben esto”

Genial. Ya tengo tema: Las grandes responsabilidades. No sé si la vida es sabia o injusta; pero me he dado cuenta (gracias a algo tan material como mi nuevo teléfono) de que, cuantos más privilegios tienes, más responsabilidades se te echan encima. Y digo se te echan porque es así, yo noto cómo me caen encima, como una losa. Tal vez se trate de un mecanismo de orden kármico para que no se nos suba la buena vida a la cabeza, una especie de “eh, tal vez ahora cobres más, pero no olvides que este aumento significa que creemos en ti”. O un “te llevamos a Madrid, pero tienes que prepararte muy bien para la ocasión”.

El mundo de los adultos es así, se rige por la ley de “una de cal y una de arena”. Ser independiente es genial, pero tiene una serie de extras que no valoras hasta que llega el momento de deshacer tu maleta en tu nuevo armario de IKEA (el cual montas un mes después de comprarlo). Te mudas de Hogwarts (porque es así, vivir con tus padres es como vivir en Hogwarts) al mundo muggle. Y no te queda otra que adaptarte de un día para otro. La independencia da un montón de ¿cal? ¿de arena?, da un montón de lo bueno; pero claro… te tiene que dar una de ¿cal? ¿de arena? a cambio, vamos, de lo malo. Por ejemplo (sí, ¡¡una de mis listas!!):

  • La ropa deja de aparecer limpia, seca y doblada en tu armario por arte de magia y te das cuenta de la interminable cadena de duro trabajo que conlleva ponerte unas bragas limpias.
  • Dejas de comer platos de cuchara y maravillosos guisos y pescado al horno para comenzar una dieta fundamentalmente basada en la pasta. Y en la pizza. Y a veces shit happens muy fuerte y se te estropea el horno. I’ve been there.
  • Te das cuenta de lo rápido que se ensucia el baño y recuerdas las millones de veces que tu madre se cagaba en todos tus muertos por ducharte cuando ella acababa de limpiarlo.
  • Las llaves. Oh Dios… antes me dejaba las llaves en casa día sí, día también. Mi madre siempre estaba ahí para abrir la puerta; una pequeña bronca y listo; podía volver a olvidarlas. Ahora vivo con miedo. Si me dejo las llaves simplemente no entro en casa hasta que llame a un cerrajero y le pague mil millones de euros por abrirme la puerta con una radiografía de mierda.
  • Puedes salir tanto cuanto quieras, pero vas a vivir las resacas SOLA. No habrá una compasiva madre que entienda que “algo te ha sentado mal, tal vez la cena” (nunca el alcohol, no bebes) y te dé ibuprofeno, y fabes pintes con un montón de pan del bueno.
Comida de resaca

Tu nueva comida de resaca: el chino a domicilio

  • Aparecen un montón de nuevos amigos llamados “facturas“.
    • La calefacción deja de ser algo que enciendes que a la ligera sólo cuando hace un poquito de frío, la sustituyes por horribles pijamas gordos de Primark.
    • Si al llegar a casa ves que te has dejado una luz encendida, te tiras al suelo de rodillas mientras gritas un dramático “¿POR QUÉEEEEEEEEEEEEEEE?”, y luego la apagas, por supuesto.
    • Las largas duchas de agua caliente se convierten en remojitos rápidos. Y los baños relajantes… olvídalos. Ni de coña. It’s not gonna happen.
  • Y supongo que, por último, lo de que no hay nadie para cuidarte cuando te pones malo con fiebre. No hay sopas, ni purés, ni mimitos ni pastillas. Sólo tú, la fiebre y tu cama, que se convierte en el centro de tu mundo en los primeros meses de independencia.

Y bueno, eso principalmente. El mundo deja de ser mágico y estupendo y se convierte en un mundo libre lleno de cosas que hacer. Pero bueno, la libertad tiene un precio y yo lo pago encantada. Con Dios.

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