El placer de una buena gresca

No sé si a vosotros; y, particularmente, no sé si a vosotras os ha pasado, pero a mí me ocurre. En ocasiones, con más frecuencia de la que me gustaría reconocer, me despierto con ganas de una buena bronca. Suena el despertador y me dan ganas de hacerme la mustia y la sufridora. Doy la espalda a mi novio en la cama y me comporto como si anoche lo hubiera pillado montándose una orgía con todas las modelos de Victoria’s Secret. ¿Por qué? Ni idea.

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Sé que no soy la única a la que le pasa. Mi madre tiene un problema grave con las siestas. Se acuesta como una dulce princesita, y se despierta como un ogro de las profundidades del averno.

– Sara, ¿quieres desayuno?

– No, gracias.

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Mi novio se hace el desayuno. Mi oído, agudizado por las ganas de bronca, oye el primer mordisco a la tostada.

– ¡¿Pero estás desayunando!?

– Sí…

– ¡¿Sin mí!?

– Dijiste que no querías…

– CLARO QUE QUERÍA, QUERÍA QUE INSISTIERAS. No entiendes nada…

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Y me quedo tan ancha.

7:30. Sólo quedan cosa de 16 horas para volver a la cama.

Por supuesto, en esos días, nada te queda bien. Así que pasas más tiempo que de costumbre delante del armario, mirando qué ponerte, probándote mil combinaciones, viendo como todas y cada una de ellas resaltan tu culo gordo, tu chicha abdominal o tus muslos como troncos de secuoya.

8:45. Sólo quedan 14 horas y 45minutos para volver a la cama.

– Sara, tenemos que irnos.

– ¡CINCO MINUTOS!

– Llegamos tarde, me voy ya.

– ¡PUES VETE!

Sale por la puerta y enciende la moto. En ese corto período de tiempo,  me pongo la primera mierda que encuentro sobre la cama y salgo corriendo con un zapato en una mano y el bolso colgando y abierto en la otra. Termino de vestirme en la calle y me subo a la moto.

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– ¿VES? Te dije que cinco minutos y no fueron ni tres.

– Es la última vez que espero, llegamos tarde.

9:15. Sólo quedan 14 horas y 15 minutos para volver a la cama.

Por supuesto, voy al trabajo hecha una mierda, lo cual no ayuda a mi humor. Pero nadie lo nota, porque estas cosas sólo las pagas con tu madre o con tu novio. Eso es así.

Vuelvo a casa y hago una suculenta cena, porque ya sabéis que salgo con un adicto al trabajo y tengo tiempo de hacer muchas cosas en el intervalo de tiempo entre que salgo yo y sale él. Cuando llega -tarde, para qué mentir-, podría sonreír y cenar con él; pero hacerme la novia sufridora me parece mucho más divertido, así que le digo que es muy tarde, que no tengo hambre, y me voy a la cama.

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Resultado: cena rica con toque agridulce para él. Satisfacción extraña para mí.

22:30. Yo ya estoy en la cama, pero creedme, queda un rato para dormir.

Mi pobre novio vuelve a la cama y me pide perdón por llegar tan tarde. Yo me hago la digna y le suelto un “no, si ya estoy acostumbrada”.

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Él, inglés como es, se da la vuelta y se echa a dormir. Yo, tocanarices como soy, le doy un toque en el hombro y le pido perdón.

Nos abrazamos, y se olvida todo. Hasta la siguiente vez que me dé la vena pasivo-agresiva, que nunca se sabe.

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Hala. Con Dios.

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