Por qué somos tan cobardes (a veces)

Con “somos” quiero decir “soy”; y con “a veces”, “siempre”

Hace poco tuve una conversación bastante reveladora. Conversación que me hizo ver que, por mucho que busquemos un culpable, muchas veces somos nosotros mismos los que nos separamos de nuestra propia felicidad. Como si nos gustara ponernos baches a nosotros mismos.

“Oye, parece que todo va bien, así que voy a poner esta piedrita aquí para ver si me tropiezo.”

Así dicho puede parecer de tontos, pero somos más complicados que todo esto, por suerte o por desgracia.

Soy la primera que se pone piedras en el camino. La primera que se siente insegura y que cree merecerse menos de lo que realmente se merece. Como me voy a atribuir una complejidad emocional un poco más alta que la de una ameba, quiero pensar que esto se debe básicamente a que mis padres son un puto desastre un poco para darlos de comer aparte.

Decir lo que sientes

¿Por qué no nos atrevemos a decir lo que sentimos? ¿Por qué el miedo a perder lo que tenemos nos impide avanzar? Lo siento  mucho, pero nadie es plenamente feliz si no comunica lo que siente. Y como no hay mejor manera de explicar las cosas que con ejemplos prácticos, aquí van un par:

Caso #1

Puedes estar enamorado de tu pareja, pero si tienes miedo a decírselo dudo mucho que seas feliz. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que tu pareja no esté enamorada de ti?

Bueno, visto así… suena bastante terrible. Pero veamos cuáles son los diferentes resultados de una conversación con tu pareja:

  1. Tu pareja está enamorada, te lo dice y sois felices los dos
  2. Tu pareja no está enamorada y…
    1. Decidís seguir adelante porque cada uno tiene sus ritmos y puede que más adelante llegue a enamorarse
    2. Se agobia mazo porque no cree que eso del amor vaya con su rollo y se acaba la relación
    3. Te dice que aún no está seguro de sentir lo mismo, pero que no por eso quiere romper, pero a ti te da un síncope y dices que ni de coña y se acaba la relación (opción no recomendada, relax un poquito, tú)

Está claro que todos esperamos encontrarnos con el primer resultado. Pero, en más ocasiones de las que nos gustaría, nos encontramos con el 2.1., o incluso con el 2.2.. Obtengamos el resultado que obtengamos, y por mucho que suframos, una conversación siempre es un avance. Romper con una pareja que no está enamorada de ti es avanzar. Mantener una relación sabiendo lo que ambas partes sienten es avanzar. No hablar es mantenerse estancado. Y a nadie le gusta sentirse así.

Caso #2

No quiero hablar solo de amor, porque parezco la pesada de Carrie Bradshaw, así que haré una comparación un poco menos putamierda.

Como hipocondríaca prácticamente de nacimiento, intento ir al médico lo menos posible. “Pero qué tontería, si los hipocondríacos van al médico sin parar”, diréis. Pues no. Yo no. Yo no voy nunca, porque tengo miedo de ir por un catarro y que me digan que me muero.

Os parecerá una tontería, pero lo vi en un episodio de House. Una chica joven fue al médico por un catarro; y, para sorpresa de todos, la tía se moría, le quedaban meses.

Como ojos que no ven, corazón que no siente, me pasé cerca de dos años con unos desajustes en la regla que convertían mi vagina en una peli de Tarantino dos veces al mes. Dando por hecho una metástasis, preferí continuar en la ignorancia, mientras echaba paquetes de compresas a puñados en el carrito de la compra y lloraba desconsolada por las noches porque me moría.

Como podéis adivinar por el hecho de que he escrito este post, sigo viva. Un mes me armé de valor y fui al ginecólogo. Me senté en la consulta y, con voz temblorosa, le dije lo que me pasaba. Ni se inmutó, porque al parecer –y al contrario de lo que dice Google, obviamente –sangrar entre períodos es algo muy común. Me tumbó en la camilla, me metió el sable láser lubricado y me dijo “nada, toma la píldora y ya está”.

DOS AÑOS LLORANDO Y CON INSOMNIO. ¿Os parece normal? Porque a mí no. No me parece de recibo. Cuánta angustia me habría ahorrado (y cuántos euros en compresas) si hubiera tenido narices y hubiera ido al médico el primer mes que sangré. No quiero ni pensarlo.

CONCLUSIÓN

Las cosas hay que hablarlas. Hablando se entiende la gente. No nos pongamos baches en el camino, que bastante complicada es la vida ya de por sí. Y bueno, que a ver si me aplico el cuento yo también.

Con Dios.

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